martes, julio 17, 2007

That´s all, folks (in memoriam)

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Elizabeth Mac Leod Mitchell
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Miguel Jáuregui
Edgar Allan Poe
Cosme San Martín
Witold Gombrowicz
Harmony Korine
José Perez de Arce
John Cage
Abel Ferrara
, ETC.

viernes, junio 08, 2007

Portrait of a lady


La pendeja debe tener unos trece años, calculo, y su culo es una proyección de todas las perversiones que puede imaginar un hombre solo. Ahí yace la pendeja, en la quebrada: expuesta, violentada por una necesidad básica, admirada por su entorno (una naturaleza muerta de estudiante de arte en segundo año.)
La muchacha estudia en el liceo junto a sus compañeras se pregunta, con risitas cómplices, por los dolores que le causa su primera menstruación; su ingreso al mundo adulto.
Los dolores eran lo de menos, se toca provocando a sus compañeras la entrepierna y disfruta. Disfrutaba. Escucha como la obsesa que es Sympathy for the devil en la intimidad, una y otra vez, pero en la versión de 1973 de Bryan Ferry. Tal cual. Su libro de cabecera es el Memorial de isla negra y baila como mala de la cabeza reggeaton en las fiestas que se organizan a media tarde los domingos en las viejas discotheques de Viña del mar.
La pendeja vive en la periferia y escucha atenta una voz, una voz que viene de lejos: un susurro con el tono de la voz de su fallecido padre, un tono como de ringtone.
Y ahí descubre su vocación.
La pendeja se moja los calzones con el chico mayor que vive frente a su casa (un jardinero de mierda, argentino oriundo de mendoza, que lo único que quiere es garchársela). Lo imagina y se toca. Mira la televisión y se toca. Es un hombre, se dice, y se toca entremedio. Su refugio es la ducha, donde se toca y se toca. Su nombre es Marjorie, pero miente y dice Johanna, Valeska. Nombres que se suceden. La vergüenza es tanta. La Marjorie es pobre. Ella se odia y espera lo mejor, una contradicción lejos de ser un recurso sustentable. Una contradicción de diva o de mujer independiente. Una ensoñación de actriz menor, de puta relevante.
La pendeja se destaca en gramática, su interpretación de textos menores (novelas de Alberto Fuguet o de Sergio Gómez) es superior a la media. Sus compañeras son estúpidas como sus padres: obreros disminuidos a cero en cada reforma dictada por la social democracia, cerdos esclavizados en fábricas de hombres cultos, pacientes amantes de la poesía de Quevedo. Huevones que se cagan de la risa.

El victimario es guapo, trabaja como jardinero y tiene una verga enorme, una verga de gaucho. Es un hombre horrible: Hijo bastardo de una costurera adicta al juego, penetrado anal y bucalmente en varias ocasiones por su padrastro, Su odio es el significante (no el significado.) Su odio emparentado con los boliches que ha frecuentado dice mucho de sí.
El victimario decide a la rápida trascender, transformarse en leyenda, en párrafo sagrado de las crónicas policiales con esa muchacha flaca que apenas tiene pechos, que apenas tiene la ilusión de transformarse en mujer.
-La muchacha de enfrente, che, -se dice el jardinero- la Margaret, tiene los flecos ajustados. Está a punto de reventar su velo.
(El himen como una alegoría macabra de la fecha en que la niña hará su primera comunión.)
El victimario se masturba pensando en la pendeja.
La pendeja piensa en su príncipe azul-marino, tirando a azúl-francés-profundo.
El victimario logra ver en sueños el lugar del crimen, la acción le parece irrelevante, transcurre en los márgenes. La pendeja yace en la quebrada violentada, un cuerpo desprovisto de dignidad, desprovisto de otras cosas además.
Yace en su miseria y su entorno la reclama, las higueras mal dibujadas por el estudiante de arte, las rocas que se levantan, todo lo que su muerte encarna.

miércoles, mayo 23, 2007

La resurrección de los no videntes (proyecto para una terapia).

Desperté un domingo culeado ante la mirada renuente
de los asistentes a la misa
vestido con los harapos que confeccionara mi madre
en sus ratos de ocio
con mi semblante diluido
pensando asaltar los coches fúnebres para abandonar esta vida
buscando en las gentes una aceptación morbosa
una limosna injustificada
porque de nada serviría mi latín de manual
el inglés golpeado desaprendido en las cenas familiares

yo era el caballero que se levantaba
con su armadura gastada sin objeto en la plaza Vergara
luego de hacer un repaso mental de lo que había sucedido en la noche:
copas que chocaban contra ídolos tallados en el pecho de las rocas
luces intermitentes rojas como en el pabellón del sanatorio
cuerpos que caían en una desgracia metafísica
tan distintos en jornadas anteriores

yo era de un misterio que rogaba por la escolta
de vagabundos iluminados y prostitutas viudas
en un día que se presentaba como tantos
la duda era una excusa dentro del monólogo;
las fuentes resplandecían vírgenes como resplandecían
otras cosas que adquirían cierta importancia
en la mirada de los transeúntes instruidos en materia religiosa
como yo en el descenso opcional desde el palco celeste
en el miedo encarnado que trataba con drogas prescritas
mi voz se alzaba todavía para reincidir
para decir que sostenía el cetro nudoso empuñado en mis manos
cansadas.

Viña del Mar
Octubre 2005

miércoles, mayo 02, 2007

Jactancia de inquietud


La vez que fueron a buscarlo, Pablo del Orto pudo verlos llegar desde el comedor del apartamento en un automóvil azul Opel Astra del año ´97; aunque es probable que fuera del ´95 o del ´93. Se estacionaron, sin más. Pablo pensó que se habían estacionado en un mal sitio. Se bajaron lentamente, como mimos con retraso mental. Se veían desesperados. Más la mujer que el hombre. Iban con gafas oscuras y chaquetas de cuero. No sonreían, o fingían no sonreír, da igual. Las chaquetas eran de esas que se pueden adquirir por un precio razonable en la ropa americana. Quizás no eran de cuero. Quizás no estaban desesperados.
Se dieron un par de vueltas observando los bloques de concreto, los edificios de departamentos; necesariamente fríos. Como que estaban reconociendo el terreno. Un terreno parecido a un pantano por donde tenías que tener extremo cuidado a cada paso. Pablo del Orto se entretuvo observándolos. ¿Qué hacían esos dos personajes salidos de una tira cómica buscándolo? No, reflexionó Pablo, más que de un cómic parecen salidos de un drama policial italiano de bajo presupuesto. De una película inconclusa, o con un final feliz e inconcluso. Pero, ¿puede tener una película un final feliz y estar inconclusa y ser italiana a la vez? Estos dos vienen a contarme una desgracia, se dijo Pablo del Orto convencido. Luego se perdieron por las calles polvorientas de la villa, las de un laberinto periférico, y ahí Pablo pensó que lo mejor era ir por ellos, contarles que los había estado mirando tras las cortinas y ofrecerles un café o una cerveza. Pero Pablo del Orto no hizo nada de eso. Se quedó ahí, arrebujado, diríamos. Parapetado, en realidad.

Al parecer Sandra Csarinzki y Ricardo Gómez Carreño se dirigieron a un almacén o a una panadería. Ahí preguntaron vagamente, todo lo vagamente posible, por un poeta. Por un tipo robusto. Por un tipo joven, de barba, con el cabello claro y la conciencia negra. Por un alcohólico. Por un hombre culto de mediana edad. Por un tipo grueso y no muy alto, pero en ningún caso un enano. Preguntaron y el dependiente del almacén o la panadería, o con seguridad, su dueño, no supo que responderle a esos dos jóvenes extravagantes, y educaditos, que olían a pan tostado y a ron. Se dieron un par de vueltas y le preguntaron a los transeúntes distraídos por esta persona, que sin duda era Pablo, pero nadie pudo darles una respuesta coherente. No hay cómo encontrarlo, pensó Ricardo y dijo, entre triste y resignado, cagamos. En cambio Sandra parecía estar segura de que su amigo aparecería en cualquier instante detrás de un árbol o de un anciano o de un espejo, en ese baldío que le hacía recordar con rabia a un ex novio. ¿Por qué a un ex novio?, Sandra Csarinzki no podía explicárselo.
Decidieron volver al viejo automóvil, ese camastro azul metálico, una casual y acaso única central operativa erigida en la nada. Una nada húmeda que exasperaba a Ricardo Gómez Carreño, que pensaba en Pablo como quien piensa en un muerto o en una herencia sin destinatario. Pablo del Orto, su amigo. ¿Podía llamarse amigo a un hijo de puta como ese? Ricardo pensaba que sí. Tenía una fe inquebrantable.
Sandra, repentinamente o quizás de manera premeditada, se sintió enferma y acalorada, que es lo mismo. Su dolor redundaba. Un dolor antiguo, parecido a un sol que se extingue frente a la mirada atónita de los hombres. No el negro sol de la melancolía de Gérard De Nerval, según pensó en ese momento Sandra como abstraída. No, un sol que quemaba y enceguecía y se fijaba en la conciencia de alguien tremendamente conciente del sol y tal vez de las estrellas. Sandra Csarinzki se quitó la chaqueta y si no hubiese dudado un segundo, se habría quitado gustosa la camiseta y los sostenes. Sandra, la Sandra, una mujer contenida dentro de otra mujer.
Unos segundos antes de que los muchachos se embarcaran en una travesía sin destino, en un periplo de mierda, Pablo les pegó un grito. Un alarido como de animal herido: como el de una parturienta disconforme. Fue algo así como, ehhhh o uhhhh. Un ahhh que se prolongaba y dictaba algo mayor como los días o la gloria de los días. Una agitación que era un llamado. Un llamado que era una súplica. Una súplica de un hombre desesperado que estaba a punto de mearse. Ricardo Gómez Carreño al verlo, alegrándose a medias, pensó que las cortinas del comedor parecían las de un teatro abandonado. Un teatro por donde habían pasado, de manera circunstancial, actores de provincia; actores aficionados que expiaban sus culpas en escena. Cortinas que tenían vida propia: demasiado anchas, demasiado oscuras. Una prueba fehaciente de que las cortinas no podían ser sino robadas. Sandra, la Sandra, se alegró. Le pareció que su amigo tenía buen aspecto. Un tipo satisfecho, se dijo. Alguien que a cierta edad podrá jactarse no sólo de sus inquietudes intelectuales, sino que hará gala de su indiferencia. Estoy desvariando, pensó Sandra Csarinski, y miró a Ricardo como si fuese un pedazo de carne expuesta en una galería de arte. No en cualquier galería de arte, en una galería de arte independiente. En una galería inexistente. Ricardo hizo una seña con su mano derecha. Una seña que era una invitación y una señal de algo, y la Sandra, que estaba a punto de explotar, se limitó a la mueca propia de quien entrevé una noche de tiniebla evidente, y no sólo una noche, sino una época horrible, como dice el poema de Robert Frost. Pablo del Orto les dijo que ya bajaba. No había necesidad de gritarles, Pablo se encontraba en un segundo piso y los muchachos a unos pocos metros de la calle: las polvorientas calles de su villa olvidada hace mucho por el municipio. Cerró un poco las cortinas, acto innecesario desde cualquier punto de vista, y fue al baño. Meó largamente, como si recién hubiese despertado de un mal sueño. Se mojó la cara en el lavamanos y miró al espejo diciéndose, concentradísimo, como alguien que memoriza a la fuerza un guión para reivindicarse con sus enemigos: son mis amigos, Sandra y Ricardo. Son mis amigos, no hay nada de qué preocuparse.

miércoles, abril 11, 2007

Viernes Santo

La aceptación de las propias limitaciones
eventualmente es una sabiduría triste
A. Bioy Casares

Juan Carlos se asomó por una de las ventanas del comedor y pudo ver a dos adolescentes discutiendo y a un pastor alemán, o quizás se trataba de un quiltro, correteando a una rata medio muerta. Juan Carlos pensó, en ese preciso instante, en varias cosas. Entre esas cosas, no del todo diversas, Juan Carlos creyó pensar en esos dos adolescentes mal alimentados; en esas siluetas díscolas entregadas a la noche o a algo parecido a la noche.
Lo cierto es que el chico, que más bien era alto, tironeaba e insultaba a una muchacha vestida de negro que se negaba a acompañarlo. Todo eran gritos y un forcejeo continuo que a Juan Carlos lo hacía enloquecer progresivamente. Gritos que eran un reclamo o una súplica, un manjar en la garganta de un sádico, una escena que se repetía.
Entonces Juan Carlos buscó en el refrigerador una botella de vino blanco y se sirvió una copa. Esto es una mierda, pensó. Y repitió en voz alta, la vida es una mierda. Tomó asiento en una de las cientos de sillas que se encontraban en el comedor y, distraído, miró una fotografía: la fotografía de un árbol enorme, de un árbol de dimensiones insospechadas que permanecía, o vegetaba, en Ancúd. Una fotografía en blanco y negro de 40x60 centímetros aproximadamente pegada en una de las paredes del comedor. Acabó con la segunda o tercera copa y como un poseso, se dirigió a la ventana. Nada había cambiado, aún era de noche y nuestro protagonista seguía siendo Juan Carlos. No estaba ni la rata que antes agonizaba, según su parecer, ni el can. De los adolescentes sólo quedaba una estela de inconsistencia y de perfume barato. La acción se había trasladado a los contenedores de basura. Alguien hurgaba en uno de los tres contenedores secundado por dos mujeres que, evidentemente, se encontraban ebrias. Una de ellas llevaba a la rastra un coche, pero no parecía llevar a un bebé ahí adentro. Las mujeres reían con estrépito y desvergüenza molestando a ese alguien que para Juan Carlos no era un misterio: debía tratarse de un hombre igualmente ebrio.
A esa hora los perros ladraban y algunos automóviles cruzaban la avenida Gómez Carreño a una velocidad del todo improbable, como en cámara lenta, pensó Juan Carlos. La noche era cálida como una voz que viene desde la parte posterior de una vieja catedral o de un prostíbulo reacondicionado. La calma, un cuadro aparente, tenía el sello de las horas. Todo se conjugaba en los pensamientos de ese muchacho orgulloso y solitario que observaba a ese grupo de ebrios alrededor de los contenedores de basura con la idea fija de ir a tomarse lo que quedaba de la botella de vino blanco.

miércoles, febrero 07, 2007

La belleza del muchacho


Recuerdo el accidente como si fuera hoy. Jugábamos al fútbol en unos arenales mi hermano Fernán, yo y el negro Crawford. El negro era un huevón mayor que se meaba en el colchón y mentía como si en eso se le fuera la vida, su familia administraba un boliche miserable en los márgenes de la población. Estábamos en 15 Norte, un lugar oscuro donde transcurrían nuestras pequeñas vidas y deambulaban algunos de los seres más desesperanzados que he visto en mi vida; mi hermano, en ese entonces, tenía ocho años y yo, once.
Era la tarde y como se dice con cierto innecesario lirismo, comenzaba a caer la noche. Pateábamos sin convicción el balón medio aburridos cuando el negro Crawford propuso, sin convicción, fumar unos cigarrillos que había robado del boliche en que estaba obligado a permanecer unas horas del día ayudando en lo que fuera.
Explotación infantil sin más dijo mi hermano burlándose al entregarle el cigarrillo al negro que parecía hundido todo en las cuencas de sus ojos inexpresivos. Los cigarrillos eran unos Hilton.

Luego vino lo que dicta el destino, lo inevitable, el horror. Hubo un corte general de luz en el sector pero anteriormente nosotros, los fumadores, habíamos escuchado el frío impacto del metal trabajado contra algo que en ese momento desconocíamos. El negro Crawford corrió como desesperado hacia 3 oriente y Fernán y yo lo seguimos como unos poseídos. Es un choque, decía el negro casi excitado, es un choque, carajo.
Tomamos 15 norte hacia la derecha hasta llegar a la avenida Alessandri. Un viejo camión Ford de doble eje que cargaba manzanas se había estrellado contra un muro de contención ubicado en la intersección de estas calles. Recuerdo haber agarrado una de las manzanas e inmediatamente haberla soltado para tomar la mano de mi hermano al ver que el camión no sólo había derribado un par de postes del tendido eléctrico, sino que también, había pasado por encima, literalmente, de un taxi colectivo con cuatro pasajeros además del conductor.

Estaba oscuro ahí. Lograba escuchar a la distancia las sirenas de los bomberos y del radiopatrullas. Se escuchaban levemente los gemidos de los moribundos en su lecho de muerte, en ese ataúd de fierros retorcidos que aprisionaba a los cuerpos expuestos en su desgracia, en la confusión de la escena.
Caminamos junto a Fernán hacia el colectivo y alguien pedía ayuda. Otro pasajero lloraba o rezaba, no lo sé con exactitud. Tenía miedo.
Al llegar los bomberos con un generador de energía portátil logramos ver la magnitud de la tragedia. Un muchacho de unos veinte años en la parte anterior del vehículo, completamente ensangrentado, se veía hermoso con el esternón como una mancha blancuzca pegada al parabrisas. Sus ojos observaban nuestros movimientos, pero de su boca no salía una palabra.
Sus rasgos eran únicos.
En la parte posterior estaban los sobrevivientes, los necesitados. El dolor y el llanto se filtraban por las ruinas del colectivo línea 9. El trabajo de los servicios de emergencia continuaba y yo y mi hermano, de la mano, regresábamos a casa después de pasar mucho tiempo en las calles.

miércoles, enero 10, 2007

Gloria al padre




Se comprende toda clase de atropello mientras la distancia
eleve el número de víctimas a cero responsabilidad. Por lo
mismo uno camina impune por las calles de la ciudad buscan-
do la nada despreciable suma de experiencias para ser rela-
tadas en primera persona sin pudores, mal criada y de bue-
nas costumbres.
Resulta que me iba a callar la boca pero hoy día estoy ca-
breado y de alguna forma no menor el orgullo invade cada
una de las células vivientes que recorren mi cuerpo. No es-
toy para nadie; así que este chico se acerca como un animal
herido y me pide que le invite una cerveza de preferencia
importada. Estamos en medio de la calle y el chico va ves-
tido de puta aproblemada con unos tacos que lo hacen verse
altísima, tiene labial rojo algo corrido como su culo que
va de un lado a otro bamboleándose para deleite de los es-
pectadores informados. Accedo metiéndole los dedos de la
mano derecha en la boca, una boca como una ventosa. Camina-
mos abrazados hacia un servicentro. Para decirme su nombre
se da unas vueltas pero yo lo contengo, mis dedos (los de
la mano derecha), ya están hurgando en su culito untado en
vaselina sólida. Desde algunos automóviles en movimiento,
muchos de ellos lujosos, nos gritan, nos hacen cortes de
manga. Ella parece acostumbrado a que le obsequien carame-
los de dudosa factura, al quitarle la tapa a la cerveza es
evidente que parecemos una pareja algo ingrata. El diálogo
es escaso. La señorita se llama Gonzalo. Una infancia defi-
cilísima. Un padre abusando de ella y su hermana. Una madre
que se ausentaba por semanas y aparecía borracha con la su-
ciedad como una marca en la cara.
Toma asiento me dice en una de las tantas bancas desocupa-
das de la avenida en esa hora en que las aves madrugan su
vuelo dándole forma a nuestras dudas. Te lo voy a comer
precioso sin prejuicios, pero a mí no me gusta que me diri-
gas la palabra puta de mierda, no me vengas con esas. No
soy uno de tus inmundos clientes, ese conglomerado de masa
trabajadora insatisfecha e ignorante, ahora chúpala y vea-
mos lo que sucede; pero los resultados se repiten como fo-
sas al descubierto, en esto no hay nada nuevo. Imagino sus
labios succionando otras vergas en la antesala de una vio-
lación, todo lo que escurre por la mandíbula maltratada.
El describe en círculos con su lengua un lenguaje que evi-
dencia la falta de afecto, las carencias, lo abyecto. Yo
estoy en la otra orilla, me jacto de mi indiferencia fren-
te al dolor ajeno.
En ese momento, mientras acaricia mi pierna derecha, se
percata de que llevo una navaja dentro del pantalón y se
sobresalta. Abandona su tarea para increparme cuando mi
inquietud soberana haría de ella su delicia. Quedo ahí con
la verga suspendida. No tengo que ocultar nada, nena. Es
por seguridad. No es hora para que un muchacho de mi edad
ande dando vueltas por este lugar lleno de maldad a pri-
mera vista, pero se resiste, incapaz de confiar en las palabras de un
extraño.
No es cosa de convencerlo, existen una serie de dificulta-
des de orden práctico. Por ejemplo el escenario: la calle.
Entonces propone un patio lateral del liceo de niñas a unas
cuadras del sitio en que nos hallamos. Terminamos la cerve-
za y caminamos. Caminamos como los adolescentes que somos,
tan distintos el uno del otro. Reconoce su excitación como
una culpa dispuesto a cargar, como una sombra real de su
oficio que exige ser distante. Una labor admirable, sin
solución de continuidad.
Saltamos la reja, de un metro y medio aproximadamente, con
una agilidad que sólo el alcohol podría proporcionarnos; no
hay luz en ese pequeño espacio plagado de plantas y envases
de golosinas.
Tus ojos deben adaptarse dice déjame chupártelo arrodillán-
dose cogiendo con su mano derecha mi verga enhiesta, llena
de promesas. Luego logro divisar un patio interior a través
del cristal de una mampara, veo líneas paralelas de color
blanco sobre el pavimento, nada más. Estoy en el punto di-
vergente, meto mi mano cuidadosamente en el bolsillo dere-
cho de mi pantalón de tela para empuñar con fuerza la na-
vaja que un día de Agosto de 1985 me regalara mi padre
cuando lo dieron de baja de la policía uniformada. Le digo
al maricón logras escuchar por la avenida La cabalgata de
las walkirias con su boca aprisionando el miembro es inca-
paz de decir nada. El metal de la navaja incomprensible,
certero, se desliza con delicadeza por su cuello y una go-
ta de semen cae por la comisura de sus labios, pero mis
manos están manchadas con su sangre, sangre con la que da-
ré una última gloria al recuerdo de mi fallecido padre.